Educación en lugares públicos


A veces leo los artículos que Pérez-Reverte escribe en el suplemento del diario Sur. En ocasiones estos artículos están dirigidos con toda la genialidad literaria del autor a ciertas personas que bien merecen ser escupidas y que son, simplemente, personas anónimas que han hecho saltar su malhumor. Lejos de guardarse lo que lleva dentro, relata y describe al personaje con todo detalle y deja claro su desprecio ante todos los lectores de la revista, que no son pocos y que, probablemente, el susodicho sea uno de ellos.

La pluma de Pérez-Reverte quisiera tener entre mis manos para homenajear a un ciudadano que se encontraba hace unos días en la oficina de Correos de Vélez-Málaga. Él no quería ser un cualquiera sino el centro de atención de las más de 50 personas que había en toda la sala: en su espera, no hacía más que silbar y no parar de silbar. Una melodía indescifrable. Tenía unos aires de pasota y hacía saber a toda la oficina que a él: le sudan los cojones de lo que piensen los demás.

Detrás de los mostradores se hallaba quien me relató la historia, mi madre. Intentaba concentrarse en su trabajo que, de cara al público ya tiene un handicap y encima, nadie era capaz de decirle a aquel hombre que por favor, se callara.

Desesperada, mi madre se levantó de su asiento, reclamó la atención del concertista y le avisó para que se adelantara a toda la cola. El resto de los presentes no hizo ningún tipo de protesta al respecto pues, parecían estar de acuerdo con que el caballero fuera atendido de forma urgente para que pudiera marcharse pronto y que volviera la armonía a la sala.

Una vez estuvo frente a él, ella le dijo con un notable tono irónico:

– Le voy a atender ya porque, vaya, nos está deleitando con su música.

El hombre levantó la mirada y observó a mi madre con un gesto de sorpresa mezclado con agradecimiento. Soltó una pequeña carcajada, sonrió, y siguió silbando ajeno a todo tipo de indirectas.

Nadie, ni mi madre, dijo nada más. Y qué lastima que yo no estuviera allí para decirle a aquel señor, sin indirectas:

– Por favor, ¡cállese!

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